Estoy parafraseando las palabras de Hanamichi Sakuragi. Él, luego de darle una paliza al experto de judo, le dice que no se va a dedicar a ese deporte. ¿Y por qué?
Responde: ¡Porque soy un basquetbolista!
Golf y Tenis
Tenía buenos entrenadores en ambos deportes en el mismo club.
En golf, la parte más importante de la tarea del profesor era evitar que mi hermana María Magdalena, nombre inspirado en el personaje bíblico, y yo, José, básicamente el salvador de sus hermanos en la Biblia, se moliesen a palos.
Tenía buen swing. Buena pegada. Buen juego corto. Y tenía un modelo que plasmaba mis habilidades dentro y fuera del campo de golf: Happy Gilmore. ¡Me parecía a ese jugador de golf!
En tenis era ambidiestro, pero al ser la zurda mi mano natural, el profesor dijo que podía ser muy bueno con el revés.
Nunca me interesaron esos dos deportes. Y es muy difícil, ausente el interés, que haya un talento que se esmere en aprender algo que a uno no le interesa. No había nada épico.
¿Roberto Baggio o Maldini?
Dos compañeros de la Azurra. Fue un dilema que me enfrenté muy temprano en la vida: ¿era Baggio o tenía que ser Maldini?
Inevitablemente tengo que mencionar a un compañero de colegio, Nicolás Irañeta. Si yo era Batman, él era… también Batman. Siempre fui un Jon Snow en mi vida, siempre lideraba las expediciones de pocas personas. Pero cuando compartía equipo, especialmente en rugby o fútbol, claramente el 10 era Nicolás Irañeta. Era demasiada la distancia de su talento como para alcanzarlo. Por lo cual, si él sí era nuestro Roberto Baggio, yo sí iba a ser Paolo Maldini (él todavía me dice “Capitano”, como le decían a Maldini).
Uno tiene que ver cuál es su lugar en el equipo. Si claramente no sos Lord Comandante (en ausencia de Nicolás me tocó ser Lord Comandante), tenés la obligación moral de apoyar a tu Lord Comandante.
Nuestro papel era complementario. Yo pateaba el córner, él iba a cabecear. Yo pateaba la pelota desde el arco, él la recibía en mitad de cancha. Él atacaba, yo defendía.
Yo era el primero en festejar las cosas que él hacía bien; él era el primero en festejar las cosas que yo hacía bien. Y muchos recuerdos los triangulo gracias a los festejos de Nicolás. Los festejos de Nicolás muchas veces han sido detonantes para recordar qué hice bien.
Jugábamos el Mundialito todos los años en el colegio. No éramos Hogwarts, pero estábamos divididos por colores. Nosotros éramos los azules. Mi hermano mayor y mi primo, un año más joven que él, también era azules. Ellos siendo “Italia” ganaron un Mundialito del colegio. Los hermanos de Nicolás también jugaban en los azules.
Yo no recuerdo que Nicolás y yo nos hayamos consagrado campeones, Baggio y Maldini tampoco pudieron consagrarse campeones. El enemigo a vencer era siempre el amarillo. Era una grosera acumulación de talento el amarillo. En el amarillo estaba Ignacio Díaz B., delantero, quizá el velocista más rápido. También, como delantero, estaba Eduardo Rosé; él, si no era el más rápido, era el segundo. Yo, a pesar de que era gordito, era fuerte y también velocista. Pero ellos rankeaban 1° y 2°, yo rankeaba 4°. Los rankings de atletismo eran importantes para calificar a los viajes de competición deportiva contra el colegio Los Molinos y otros uruguayos que eran durísimos.
Volviendo a los amarillos… Maldini puede marcar a uno, a otro, pero no a dos. Sé que matemática no es mi fuerte, pero siempre dos atacantes estrellas se pueden llevar puesto, con gran facilidad, a un (gran) defensor.
Un extra: los amarillos tenían al arquero del curso, Eneas.
En los torneos de Maristas, al menos el penúltimo que jugué, íbamos perdiendo el partido… Les explico… Yo era Maldini, pero el drama del equipo es que se habían reunido las estrellas ofensivas del Milan de los mejores tiempos: Donadoni, Massaro, Shevchenko, Bierhoff, Weah… Todas estrellas ofensivas que relegaban la labor defensiva a Maldini y bueno, las estrellas… en todo el partido metieron un gol (y lo hizo un delantero). Nosotros nos comimos cuatro. El cinco anticipaba mal. Yo quedaba en desventaja numérica frente a los delanteros. Tenía que tener una defensa flotante. Si los cerraba muy pronto, dejaba libre a uno, que liquidaba el mano a mano; pero tampoco podía dejar de cerrarlo porque si les daba espacio le pegaban (¡y cómo le pegaban!) desde afuera del área. Humillación total perder 4-1… Pero recuerdo los gritos del otro equipo del curso, los delanteros gritaban: “Maldini, Maldini”. Le daban ánimos a Maldini. Sólo contaba Maldini.
En todos los entrenamientos tenía que pelear contra los atacantes del otro equipo para que “el B” terminase con una derrota decorosa. Y fueron los delanteros del “A” los primeros en reconocer mi labor. También el primero en valorarme fue un compañero, Santiago Rómoli, un hermano para mí, que en su ausencia me quería a mí defendiendo.
El fútbol fue una experiencia de colegio. Pero también ser parte de un equipo y descubrir cuál es tu rol. Y disfruté siendo Maldini. Nunca tuvo sentido, para mí, jugar de 10 (Baggio) estando Nicolás. Recuerdo haber atacado en momentos puntuales. Recuerdo que una vez jugamos un torneo de futbol 5 donde el curso se dividió en equipos. Nicolás y yo, Semper Fi, hicimos un equipo que, por sugerencia suya, se llamó “Dream Team”. Y como era fútbol 5, atacaban todos y defendían todos. El torneo era eliminatoria directa, perdimos contra “la Academia” por 5-3, yo estaba on fire y en ese partido metí dos goles. Solté al Baggio que tenía adentro.
Volviendo a la lucha de colores. A los amarillos, una vez, sobre la hora, les ganamos. Había que patear un tiro libre. Así como Sudáfrica en rugby tenía a Morné Steyn para los penales cortos y Francois Steyn para los penales largos; estábamos Nicolás y yo. Yo era un defensor acostumbrado a patear desde el arco y tratar de que la pelota le llegara a Nicolás. Era un tiro libre desde mitad de esa cancha y le pedí a Nicolás que me dejara patearlo. Lo pateé, había un amarillo idiota cubriendo el primer poste, le pegó en la jeta a ese idiota y el balón entró. No sé si apuntándole le iba a pegar mejor al idiota. Best goal ever!
Nicolás y yo, al ganar ese partido, y ganarles a los amarillos, que les habían ganado a todos, comenzamos a cantar: “We are the Champions”. Los amarillos reclamaron que no éramos campeones ni una mierda, que habíamos perdido un partido anterior. Nosotros seguimos cantando.
Atletismo
Voy a dedicar unas pocas líneas a atletismo. Era gordito, pero curiosamente era rápido. ¿Seré el único que era gordito y velocista? Si eran así, escriban. Díganme: yo era gordito y velocista.
En fin, cuando viajaba a Buenos Aires y me preguntaban en qué iba a competir yo me limitaba a responder: “100 metros y posta”. Estaba muy contento de calificar en 100 metros o lo que fuese que corriesen los velocistas a pesar de tener la certeza de que no iba a ganar (Eduardo e Ignacio iban a ganar antes que yo).
En posta me tocó competir con Nicolás y contra Nicolás. A pesar de tener muchas fibras rápidas (no sé cómo un tipo tan amigo de la computadora, los videojuegos y leer podía tener tantas fibras rápidas siendo gordito) era gordito. Misterio… Era fuerte. Esa tranquilidad me dejaba frente a la velocidad imbatible de Ignacio y Eduardo.
Cuando competí con Nicolás en posta, la ventaja que habíamos acumulado vimos cómo la perdía un par de compañeros nuestros. Decíamos: “¿nos están jodiendo? ¡Mirá cómo corren!”. Y años después me tocó competir contra Nicolás en la misma posición de la pista. Y fue tremendamente empatada la carrera. Yo tenía mucha vida sedentaria y kilos encima y él, a pesar de que no era un velocista, era muy rápido. Y empatamos.
Como era una olimpíada competimos uno contra otro. No había equipos.
Equitación
Cuando dejé rugby (la narración de los deportes que practiqué no sigue una cronología rigurosa), mi madre me alistó en Hipismo/Equitación. Como el primer profesor que tuve me inflaba y me ponía retos me gustó. Después me tocó mi gran maestro, Miguel Di Giuseppe.
Recuerdo mi debut en un torneo. Esa mañana me levanté despejado y fui a una instancia alejada de mi casa a reflexionar, el mismo escritorio donde leí mi primera biografía del Príncipe Negro. Mi debut en equitación tuvo una luminaria de Gladiator en ella. Me encantaba la escena del bosque con la caballería: “Fratres… Maximus… Dentro de tres semanas estaré recogiendo mi cosecha… Imagínense a dónde estarán y así será… Si se ven en un campo verde con el sol en sus caras, no se preocupen, porque están en el Elíseo, ¡y ya están muertos! Hermanos, LO QUE HACEMOS EN LA VIDA TIENE ECO EN LA ETERNIDAD.
¡Go big or go home! Debuté ganando ese día. Conseguiría cucardas, muchas, la gran mayoría, las he regalado. Incluso hay un trofeo que nunca fui a buscar, por lo que me contó un amigo, que me llamó para que lo busque.
Mi hermana tenía un año de experiencia más que yo. Nos vimos la cara en un torneo. Éramos 6 o 7 concursantes, era en Chile. Mi hermana y yo llegamos al desempate. Ella saltaba con el caballo que yo hubiese querido saltar, sentí que el profesor (era un francés) me estaba boicoteando el campeonato. A pesar de todo, contra viento y marea, ella derribó un palo y yo gané. Pregúntenle si compitió contra mí en hipismo. Hasta el día de hoy le echa la culpa al caballo (¡que yo quería para esa competición!).
En tres años me caí cuatro veces del caballo. La primera fue muy idiota. La segunda fue un caballo muy cabrón que se clavó frente a los palos en vez de saltar. No era un oxer, ni un corral, ni una línea. Tenía que saltar y el muy cabrón se clavó. Quedé haciendo equilibrio y el profesor me mandó a dejarme caer. ¡Cómo odié a ese caballo! (Eso fue con el francés).
La tercera vez fue la más espectacular de mis caídas. Uno de mis grandes promotores, Juan Carlos Boriosi, que festejaba cada vez que hacía algo bien, me decía que tenía talento, y cuando un maestro de equitación me alababa, él era el primero en decírmelo y llevarme ante ese maestro para que me lo dijera en la cara. Juan Carlos tuvo un gran peso en mantenerme en equitación. Eso y la gran amistad con Miguel Di Giuseppe.
Volviendo a la caída… Se puede llegar corto a un salto, se puede llegar normal o largo. Yo siempre calculaba para llegar largo porque la parábola era más larga y me daba la sensación de “estar más tiempo en el aire”. Siempre calculaba para llegar largo. A mi caballo, Anteau, también le gustaba la idea. El problema surgió cuando yo calculé largo y él hizo una batida de galope de más, muy corta, y llegó corto. Yo ya me había inclinado hacia adelante y el caballo tuvo que hacer un esfuerzo extra.
Mi caballo, haciendo gala de su intolerancia ante mi error, corcoveó un par de veces para desestabilizarme (con un corcoveo no lograba nada) y luego de corcovear se disparó hacia la derecha… Yo, completamente desestabilizado, me fui de cabeza contra el suelo… Y pensé una sola cosa: “este hijo de puta no ha podido desmontarme en su puta vida y el muy cabrón lo hace en pleno torneo, donde están todos los ojos fijos en mí; es un consumado hijo de puta”. El episodio pasó a la historia como “La Caída del Halcón Negro”.
Luego me logró tirar una vez más. Usó la misma técnica: me encontró fuera de balance (estaba pasando encima de unos palos en el suelo de modo que si no galopaba a medio asiento lo hacía parado) y me tiró. El detonador fue la cercanía de la yegua de mi hermana, mi caballo odiaba a la yegua de mi hermana.
Equitación fue un deporte tremendamente satisfactorio: no tenía que esforzarme y obtenía resultados (podios y cucardas). Y la competición tenía una gran cuota de adrenalina. Cuando uno empieza a saltar por encima de un metro se siente bien. Lamentablemente no me quedé tanto tiempo en equitación para competir a una altura de 1 metro (o más), a pesar de que llegué a saltar 1,10 con la flexibilidad de mi profesor (algo inédito). Antes de competir sentía miedo, inquietud… Una vez que estaba en la pista era como que todo se movía en cámara lenta, y sonreía al ver que todo se movía tan lento y mi mente tan rápido. Era la adrenalina de competir y en la pista podía desplegar… mi poderío.
El único esfuerzo que me demandaba equitación era paciencia (lo único que necesitaba). Y con unos resultados tan alentadores, me dije: “chau, podés hacer lo que quieras”.
Con la confianza de un caballero que ha obtenido victorias en Occidente, cambié de rumbo, salí de la monotonía que podía implicar, le dejé el caballo a mi hermana (que lo alabó mucho) y me marché rumbo a Oriente: basketball.
Basketball
El disparador de basketball fue en pleno receso de invierno de equitación. Volví a ver una serie animada que amo: Slam Dunk. Es una serie que habla sobre la autosuperación: hoy tiré 30 canastas de tres puntos; mañana voy a tirar 40 canastas de tres puntos… ¿Ya tiro suficientes canastas de tres puntos? Voy a desarrollar otra parte del juego. Es un continuo superarse a veces en cantidad, otras veces, la mayoría de veces, en calidad. Hace años Slam Dunk vendió más de 100 millones de copias de manga.
Pero un llamado a la autosuperación era justo lo que necesitaba. Tenía los laureles de equitación, tenía objetivos cumplidos y la trayectoria en equitación era demasiado larga y empezaba la curva de rendimiento decreciente… Al margen del éxito que obtuviera en equitación, por ciertos motivos (tiempo para dedicarle), equitación tenía una fecha de expiración.
Iba a volver a probarme en un deporte “popular”, y mi debilidad era lo más valioso en basketball: mi estatura. Cuando pienso en mi estatura (1,65 o 5’5”) recuerdo a Franklin “Mouse” Finbar en Jumanji. En sus debilidades estaban contempladas estaban el pastel (cake), la velocidad y la fuerza. Y él exclamaba: ¿cómo puede ser la “fuerza” mi debilidad?
Para un basquetbolista la altura es un requisito excluyente. Ser alto no te garantiza que vas a jugar, ser alto te permite estar en el equipo. Tuve excelentes experiencias, tuve malas experiencias y tuve experiencias normales.
Quería ser un tirador (igual que Hisashi Mitsui, de Slam Dunk). Y lo logré. Se puede tener talento para los deportes. Pero como dice Kevin Durant: “el trabajo le gana al talento, si el talento no trabaja lo suficiente”. Conclusión: el trabajo tiene chances de ganar.
Principalmente era un jugador defensivo, porque me pegaba y no se podían despegar. Otras veces robaba el balón, algo más fácil para un zurdo porque, literalmente, están usando la derecha contra tu mano hábil; y eso nunca se lo esperan. Muchas veces perseguí a un jugador estrella que me sacaba… 20 centímetros (¿o más?). No lo iba a tapar, pero lo obstaculizaba lo suficiente como para que fallara la bandeja (la entrada en bandeja -y no confundir con la bandeja de entrada de la pc- es cuando el jugador va con el balón, salta y, usando el tablero, anota la canasta).
Después de haber sido parte de unos infantiles demasiado malos donde había lugar para un novato como yo. Fui parte de unos infantiles que dejé porque el entrenador era infumable. Luego fui parte de unos juveniles donde a lo máximo que podía aspirar era a la banca; no tenían el más mínimo problema si entrenaba con ellos y en los juegos individuales siempre retaba a duelo personal al centro (el jugador más alto del equipo) porque recordaba cómo Hisashi Mitsui retaba a duelo al Gorila.
Un verano, años después, conocí a dos amigos: Julián y Pablo. Ellos tenían su grupo de basketball. Al hacer equipo con Julián nos dividimos tácitamente las tareas: yo me encargaba de detener al jugador estrella Pablo, hacía los rebotes (¡qué rebote!, gritaba Julián), y demás labor defensiva. Dejaba todo cocinado para que Julián, experto en la ofensiva (lo suyo no era la defensiva y me parecía bien), se encargara de meter los puntos. La primera tarde que hicimos equipo ganamos 2 de 3, y el que perdimos fue por 1 o 2 puntos. Conclusión: la labor de equipo maquillaba todos nuestros defectos. Julián odiaba defender (llegó a pelearse con el director técnico porque la estrategia estaba volcada en la defensa) y yo, como buen tirador que está acostumbrado a partirse la espalda, no tenía drama bloquear al jugador estrella. Julián era un anotador estrella. Y por los resultados parecía, a todas luces, que éramos un equipazo.
Insisto: jugar en equipo maquilla tus defectos.
Con el tiempo crecí. En edad, en lo deportivo y en descaro. En otras oportunidades que se me presentaron años después del verano donde conocí a Julián, Pablo y su división de basket, pude posicionarme como un Shooting Guard. Mi posición siempre fue escolta. Muy malo para ser base, muy enano para ser alero. Pero el escolta se la pasa corriendo y cuando se quedan sin opciones se la pasan a él para que tire. Y en eso era muy bueno. Conocí un nuevo grupo de basketball. Y me probé como tirador. Fue un placer hacer que pusieran un gigantón a bloquearme y debilitar la zona. Fue un placer hacerlo que me persiga porque siempre me iba a mover hasta quedar libre. Y gracias a un amigo, en entrenamientos personales, practiqué cómo tirar más rápido y madrugar a la marca.
Tirar es un mecanismo. Se puede aceitar para que se mueva más rápido. Así como los músculos tienen memoria, el cuerpo, después de haber repetido mil veces algo, lo añade a su memoria.
Me fui del basketball con los mejores recuerdos posibles: cerrando partidos, anotando los últimos puntos.
No me quedó ninguna deuda pendiente. No le debo nada. La invitación a que vuelva siempre está.
Karate
Este deporte lo practiqué en un intermedio de descanso de basketball. Lo practiqué muy poco, pero tuve un Sensei que me daba clases particulares. Había tenido la experiencia de tener maestros cercanos en los deportes, siempre los tuve y creo que siempre los voy a tener. Los mejores mentores los he tenido en los deportes, quizá superados por alguno de universidad.
Me enseñó todos los golpes posibles de karate, al menos todos los que pudo en mi nivel inicial. Me enseñó todos los detalles. Y cada clase personal con el Sensei era una gran dosis de karate.
Fui a clases grupales. Pero no era lo mismo. Nunca falta la estrella de un deporte, y en el dojo de mi Sensei Walter tampoco faltaba.
Las estrellas del deporte son tipos siempre relajados, amenos, amables y nunca tienen la presión de demostrarle nada a nadie.
Karate es un buen deporte. Me enseñó cosas puntuales de las artes marciales. Es un arte marcial, y las armas son los propios puños (y pies).
¿Habría sido interesante obtener el cinturón negro? Si te falta coordinación quizá te lleve tiempo, pero llegas al cinturón negro.
No fui a la clase donde repartían el cinturón, lo podría haber obtenido después a mi primer cinturón. (Mi hermana consiguió algunos cinturones). Pero, francamente, había aprendido bastante en las clases particulares. Y a los 24 no estaba listo para un compromiso de 5 o 6 años con karate para el cinturón negro.
Particularidad: en karate uno adelanta los cinturones con el “Kata”. ¿Qué es el Kata? El Kata es una sucesión de movimientos y golpes de karate; alguien ajeno al karate lo vería como una “coreografía de karate”. El tema es que le comenté que el asunto de repetir golpes me parecía aburridísimo (llegan a hacer clases de repetir mil veces diferentes golpes), pero francamente me encantaba practicar el Kata. Mi Sensei se alegró mucho por ese comentario porque dijo que la forma más completa de hacer karate, repasarlo y afianzarlo es practicar siempre los katas.
La verdad que aprender los katas del karate es una excelente experiencia. Y vale la pena ir a las clases particulares de un Sensei. Siempre me ha gustado tener al mentor cerca al mejor estilo Bruce Wayne con Ducard/Ras al Ghul. Y un mentor y aprender los katas y practicarlos es una experiencia muy gratificante. Es muy importante, si uno decide probar el karate, ver si uno disfruta los katas. Va a hablar mucho de la predisposición de uno hacia ese deporte.
Rugby
Acá vuelve a darse la combinación Jon Snow-Sam Tarly, pero los dos éramos Jon Snow. Nada más que mi compañero Nicolás, 10 en fútbol también era 10 en rugby.
Rugby lo tengo que haber practicado entre los 7-8 años hasta los 13. Y veremos un retorno… Me queda pendiente ser eficaz pateando a los palos.
Lo practicaba tanto en el colegio como en el club (Mendoza Rugby Club). En el club había una “cantera” de Oliboys (chicos de los Olivos) donde éramos 7 compañeros de curso jugando en una misma división (Fernando, Fabián, Eduardo, Nicolás, Lucas, Eneas y yo). Entrenar con ellos el sábado y jugar el domingo era una extensión del colegio. Y fue gracias a un compañero de curso, Fabián Carreras, que empecé a ir a rugby. Él tenía dos hermanos mayores, Francisco y Facundo, que jugaban en divisiones de mayores.
Rugby lo disfruté porque tenía velocidad y fuerza, me encantaba ir a chocar. Y mi posición ideal era 12. Siempre que pude jugué o me posicioné de 12. En el colegio me era mucho más fácil posicionarme de 12.
En el club era más difícil que los del colegio nos luciéramos. Yo mismo recuerdo haberme comido la banca en el club, y no porque fuese precisamente un “impact-player”. Recuerdo un partido en la banca, generalmente titularizaba. Pero estaba tan consciente de que no era uno de los destacados que recuerdo haber llegado al in-goal y entregarla a un compañero que llegó más tarde (me hacía de apoyo) y que él la apoyara. Mi papel era el de un 12 que se lanzaba a la carga, si podía romper algún tackle mejor.
Recuerdo una vez que quise anotar un try. Estábamos jugando en el colegio contra el curso inferior, los mierdecillas de abajo. La cuestión es que el 10 (Nicolás) me pasa la pelota y yo la recibí con la actitud de “pasala que le van a buscar debajo de los palos”. Recibo y me lanzo contra los mierdecillas. Un mierdecilla choca contra mi y cae; pero se queda agarrado a mi pierna derecha. Lo cual les dio la oportunidad a otros mierdecillas de alcanzarme mientras arrastraba al compañero. El asunto no terminó ahí porque en el pasado me cansé de pasarla para que otros hicieran el try. Esa vez yo quería mi try del partido y yo lo iba a obtener y la iban a buscar debajo de los palos… Otro mierdecilla se tira contra mi otra pierna. Arrastro dos. Después viene otro abajo, pero no pasa nada. Yo seguía avanzando. No sé en qué momento los mierdecillas se fueron acumulando: dos en una pierna, otros dos en la otra y cuatro haciendo de oposición arriba. Me hubiese gustado hacerles hand off no por el gesto técnico, sino porque se había formado un maul y tenía a varios mierdecillas respirándome encima y me resultaba asqueroso. Así que tuve que arrastrar a esos 8 mierdecillas hasta el in-goal. No me podía mover, no me podía agachar para anotar. Así que me tuve que tirar, la formación se derrumbó y quien hacía de árbitro, Jesús Rossi, marcó try.
Recuerdo el camino y la oposición. Recuerdo la mirada impresionada de mi profesor de educación física. Y lo que más recuerdo es a Nicolás simulando una caminata casual y silbando y decía: “Soy José Rego con 10 flacos encima”. Lo recuerdo a Nicolás y me rio bastante.
Es un try difícil de creer. Yo mismo pensé que no lo iba a lograr. Casi no lo logro. Pero es un try posible. Recuerdo haber visto videos de Francois Steyn (mi jugador favorito de rugby de todos los tiempo pasado, presente y futuro, el campeón del mundo más joven en la historia de los mundiales); él era 12, igual que yo, y una vez recibe el balón y choca contra uno, contra otro, y sigue… La cuestión es que él solo sigue avanzando contra 8 jugadores profesionales (y no unos mierdecillas como mis rivales) y no sé si el maul colapsa, creo que cortan la imagen. Pero era Steyn contra otros 8 y avanzaba como si nada. ¡Un tren!
Así como Francois Steyn pudo contra 8 profesionales, yo pude contra otros 8 mierdecillas del curso de abajo del colegio.
¿Por qué dejé rugby? Apreciaba demasiado leer y jugar a los videojuegos, pero pasé de rugby a equitación. Dejé rugby porque un día, uno de nuestros entrenadores, Francisco Carreras, dice: “vamos a dividirlos entre backs y forwards”. De pronto me vi rodeado de gorditos. Yo era gordito, pero tenía la velocidad de un back y quería ser un back y, lo más importante, mi gran compañero era Eduardo, un back. Lo quería demasiado a Francisco, hermano de mi amigo Fabián, como para amotinarme. Y antes de amotinarme elegí la deserción. La explicación me llegó hace poco, de parte de mi hermano Juan de Gante, que fue compañero de curso y de promoción de Francisco; ellos tienen la misma edad. Francisco Carreras es un forward y cree que su posición (forward) es la mejor posición de rugby; él, al elegirme, no me estaba abajando, sino todo lo contrario: era uno de los “elegidos y bendecidos” para los mejores puestos. Han pasado 19 años y al escribir este artículo le comenté el motivo de deserción a mi hermano; él me aclaró todo. Eneas “Vermeulen” Riquelme es de esas personas que cree que lo mejor es ser forward y dice cosas injuriosas contra nosotros, los backs. Ya te voy a agarrar, Vermeulen.
Queda una pregunta: ¿qué tan fuerte soy o he sido?
Época de Gimnasio: gimnasio, fuerza máxima y potencia
En la secundaria hacía equitación y luego basketball. Recuerdo que algunos compañeros iban al gimnasio a hacer hipertrofia. ¿Qué es hipertrofia? Un músculo que no sirve para una mierda, sólo para verte bien; y algo de fuerza tenés. El tema es que tenía un prejuicio contra mis compañeros del colegio que iban al gimnasio porque podían ser un poco (muy) pelotudos.
En la secundaria nos enseñaron a entrenarnos sin peso. Lo que me faltó aprender, lo aprendí por mi cuenta. De modo que tanto el tren superior como el tren inferior durante mis primeros dos años de facultad los entrené por mi cuenta, sin peso, desde la tranquilidad de mi habitación. Al tercer año mi hermana me dice: “andá a un gimnasio, vas a hacer mucho más”. Y fui al Megatlon de Recoleta. Ya me veía bien. Cuando comencé a levantar peso me vi mejor. Según las palabras de un hermano de Nicolás: me veía muy marcado.
En mi primer año de gym logré correr 8 km en 28’30” durante varios meses. Pesaba 60-62 kilos (mido 1,65) y no podía mejorar ese tiempo entonces.
El segundo año de gimnasio ya contraté un personal trainer, fue mi Jean de Joinville (y yo era una especie de Luis IX, sólo que más santo). Ahí empezamos el camino de “fuerza” y algo de potencia.
El tercer año de gym continuamos con fuerza máxima y potencia. Podía hacer tríceps en una paralela con 30 kilos colgando de mi cintura. Creo que la misma cantidad para dominadas cerradas (barra). Tenía las subidas al banco con 10 bases (o más), el peso no era complicado (una barra de 10 y dos discos de 10, uno a cada lado; total: 30 kilos), sino que la altura era complicada. Recuerdo haber hecho despegue con 100 kilos, no hacía más por la espalda. Sentadillas profundas con 120 kilos y mucha tranquilidad. Tal vez uno de los ejercicios que más disfruté fue hacer sentadilla búlgara con 75 kilos (que es sentadilla a una pierna; exactamente: hacía sentadillas levantando 75 kilos en cada pierna). Disfrutaba la sentadilla búlgara porque, de un modo parecido a las subidas al banco, requerían una completa concentración (o te hacés mier…). En pecho plano llegué a levantar 105 kilos, mi punto flaco; realmente flojo pecho, mi talón de Aquiles.
Ese peso lo levantaba midiendo 1,65 y pesando 68,3 kilos.
¿Por qué no levanté más peso? Dos motivos, el primero es más fácil: invertí dinero en ropa de primera marca, realmente cara y empezaba a no entrarme; había jeans carísimos que dejaban de entrarme. El segundo motivo era de índole más personal, que hacía más a mi identidad: de niño leí La Ilíada y el prototipo de héroe era Aquiles o Héctor (prefería a Héctor). En la película “Hércules” (de Disney), Filoctetes pone a Aquiles como prototipo de héroe; un héroe que, al lado de Hércules, se veía súper estético. También me interesaba el físico, que tenía bastante de real, de Vampire Hunder D en Bloodlust. Por lo cual más peso no sólo equivalía a inutilizar todos los roperos con ropa cara, sino que había algo mucho más sensible: rompía la estética. La estética de héroe griego (nivel: Aquiles).
El músculo que uno forja entrenando fuerza máxima es sustancialmente diferente al de hipertrofia. Siempre se le ven los músculos hipertrofiados al que lo hace. El músculo de fuerza máxima es mucho más natural y, a mi gusto, más agradable. ¿Hacía algo de hipertrofia? Pectorales y abdominales con mucho peso; pero se necesita hacer remo alto para tener los omoplatos bien juntos y hacen efecto “push up” en los pectorales. El que hace hipertrofia parece fuerte; el que hace fuerza máxima no te imaginás lo fuerte que es.
Todo el entrenamiento de fuerza máxima, cuya base empezaba siempre fortaleciendo la zona media (abdominales y espinales), nunca lo podría haber logrado sin un experimentado personal trainer. Tenía la carrera de Educación Física y diplomados en Potencia y Fuerza.
La parte de potencia podía ser frustrante. En los arranques no podía levantar la barra y después soltarla contra el suelo como hacen los atletas olímpicos; si lo hacía tanto a mi como a mi personal trainer, Pablo, nos echaban a patadas. Por lo cual estuvo limitada, en arranques, a unos 75 kilos. En cargadas levanté más, me era fácil; no recuerdo cómo hacerlo porque no lo tuve que repetir mil veces como a los arranques.
En esa época podía correr los 10 km en 30 minutos, quizá más, quizá menos; pero había una diferencia sustancial con mi primer año de gimnasio: me importaba un bledo el tiempo. Mayormente corría en la cinta de modo intermitente a 20 durante una hora (15 segundos afuera, quince adentro; así una hora) y a veces variaba haciendo partes en ascenso, eso último no lo recomiendo para nada (muy dañino si no sabés medir la exigencia como yo).
Me entrenó mucho en destreza. Algo que disfruté muchísimo. Hacer press de Arnold bien cargado sobre una pelota grande de plástico (seguro tiene un nombre). Me enseñó a saltar y girar en el aire. Muchos ejercicios muy divertidos de destreza. Generalmente, Pablo me podía vencer en todo. Pero en una cosa nunca me pudo vencer: tirar la barra de 20 kilos al suelo y pararse sobre la superficie redonda de la barra y ponerse a hacer sentadillas. Intentó demostrarme cómo hacerlo. Nunca las pudo hacer. Y yo hacía equilibrio sobre la barra, lograba el equilibrio y me ponía a hacerlas… 1… 2… 3… Y así. Desde el primer día alabó muchísimo mi equilibrio. Pero mi coordinación era floja.
Y nunca levanté más peso que aquel año (2010). Levantar más peso me hacía ganar músculo, ganando músculo aumentaba el tamaño. Y eso rompía la estética. ¡Aquiles!
Natación
Natación es un deporte clave.
Cuando volví de Buenos Aires a Mendoza no se dieron las condiciones para seguir con el plan que tenía allá en Recoleta. Y no hay nada más estúpido que insistir en una idea cuya realización es un despropósito. Uno, igual que el Barón Rojo, tiene que elegir qué batallas va a pelear. Y mantener la intensidad y otras cuestiones que hacen a la infraestructura no se iba a poder dar. Tuve personal trainer en Mendoza, también conocía y seguía a Horacio Anselmi. Pero mi personal trainer de Capital era discípulo, tenía contacto con él y lo seguía más de cerca (más que una expresión, era una verdad geográfica).
No insistí con el feroz entrenamiento. Pero el gimnasio se vio sensiblemente reducido y mientras que en Megatlon podía usar la cinta sin problemas y mil cosas más, en Mendoza había ciertas restricciones que la limitaban ostensiblemente.
Me dije: “te toca ser un héroe griego más secundario, te toca ser Odiseo”. Peor es nada.
Con la edad uno se cansa de andar corriendo de acá para allá, está menos motivado. Por lo cual salir a correr se convirtió en una actividad que mayormente era exhibirme con la camiseta de alguno de mis equipos favoritos de rugby (Sudáfrica, Australia, Inglaterra, Sharks del Súper Rugby, son las camisetas que más uso para el gimnasio y correr). Francamente “salir a correr” no me motiva mucho; salir a una exhibición de Wallabie/Springbok/Shark quizá sí. El único ejercicio de correr que disfruto y ejercito (y voy a seguir ejercitando) son los “suicidios” un poco matizados. No matizados en alcanzar la mayor velocidad posible, sino matizado en que no freno de golpe. El “suicidio” es correr desde un punto a otro, lo aprendí en basket y lo ejercito en privado. Me encanta hacer gimnasio y “suicidios” con el equipo de rugby.
Pero salir a correr…
En la vuelta Mendoza he dejado de correr y entrenar lo que entrenaba en BsAs (promedio de 2 horas ½ a 3 horas de alta intensidad), por lo que ha surgido una lucha para que el sobrepeso no gane. Hay años en los que estuve flaco, otros años en los que estuve normal y otros años donde el sobrepeso me ha dado una paliza.
Ahí entra natación.
Aprendí a nadar en mi casa a los 4 años con la profesora Laura. Y a los 6-7 me tocó otra profesora, Gabriela. Gabriela me enseñó a nadar el estilo crol. Tengo una deuda con el estilo mariposa, supongo que ya lo aprenderé; de momento con crol es suficiente.
Natación es extremadamente útil para controlar el peso. El reto no es físico sino mental. He podido nadar 3 horas y ½. Y cuando nado en una pileta privada averiguo cuándo no hay “nadie” y si voy el límite que me pongo es 2 y ½ horas porque… no me siento cómodo nadando más. El mayor reto es mental. Como todo ejercicio aeróbico uno tiene que enfocarse en corregir algún detalle (de nado), pero la mayor parte, en caso de que no se puede disfrutar el ejercicio presente porque nuestra concentración se agota, es pensar en algún objetivo que tenemos en mente. En verano, cuando salía a correr a una buena distancia, tenía un objetivo visible: un faro. Uno puede soltar la mente y pensar en un futuro cercano. Eyes on the prize!
A veces en natación el tiempo se pasa más rápido, a veces más lento.
Pero natación es un deporte que paga mucho en lo que es cuestión de controlar el peso. Ya no tengo 20 años, no voy a perder un tiempo que no tengo en entrenamientos inútiles. Un ejercicio que paga, y que paga pronto, es natación.
Natación a algunos los consume; otros sacan músculo. Depende de cada uno.
Conclusión:
Es improbable que seas campeón federal en equitación, porque cada provincia envía a su mejor jinete. También es difícil llegar al cuarto dan como mi maestro de Karate. Tengo la misma edad que Francois Steyn, pero no salí campeón del mundo en rugby a los 20 y mucho menos a los 32. No creo que gane medallas en natación como Ryan Lotche o Phelps. Tampoco creo que juegue de 10 en el Milan como Baggio. Soy buen tirador, pero no creo que sea alguna vez como Danny Green, mi (ex) San Antonio Spurs favorito.
Si tengo alguna deuda pendiente con algún deporte que nombré, la puedo saldar y muy pronto. Nunca busqué campeonatos porque nunca fui de aquellos que le ponían todo al deporte. Siempre me apasionó aprender y perfeccionarme; pero los libros eran una pasión que podían más. He conocido excelentes deportistas… ¿Le dan tan duro a los libros como al gimnasio? Porque, al final del día, la cabeza puede más que los músculos. Incluso cuando usamos los músculos con la cabeza tenemos el arma más filosa: la estrategia.
Tengo muchos amigos que, lisa y llanamente, no hacen ningún tipo de actividad física. Y esa es su elección. Y lo acepto perfectamente. No tienen tiempo.
Yo necesito a los deportes como una escuela de virtudes: sociabilidad, solidaridad, paciencia, proponerse objetivos, ser constante (¡ser constante!).
El deporte no es un obstáculo, como muchos creen, para la actividad intelectual. Si uno lo practica de una forma moderada (salvo que sea un profesional del deporte), ayuda a la mente. Murakami escribe cómo correr (y hacer ejercicio) ayuda a la mente en “De qué hablo cuando hablo de escribir”.
Hay personas que necesitan el deporte más que otros. Yo lo necesito a nivel mental, emocional, físico y espiritual. Otros quizá lo necesiten menos. Pero a ayuda a todos.